“Esta es la última oportunidad, porque Argentina ha empezado a tener indicadores sociales y económicos similares a países que antes no mirábamos, porque en su mayoría han sido mucho más pobres que nosotros. La obstinación de la dirigencia por mantener un rumbo a pesar de las cambiantes situaciones nos ha llevado al desastre”, dijo el ex senador Esteban Bullrich, el viernes, en el cierre del coloquio de IDEA en Mar del Plata. De inmediato, agregó: “No nos queda mucho tiempo para rectificar el rumbo y tener una salida que genere empleo, riqueza y producción”.

Bullrich, desde su silla de ruedas, pareció conseguir al menos por un instante conmover a una platea de casi 700 empresarios que, de acuerdo con los relatos periodísticos, no sólo se desgañitó y sacudió alrededor de un aplauso cerrado; sino que ese discurso, esas palabras sentidas que se transformaron en las más destacadas del evento, hasta habrían logrado alcanzar algunas de las fibras más íntimas de un sector particular de la sociedad nacional; representado en gran medida por lo que se conoce como el “círculo rojo”; el que se ha mostrado frío e indiferente ante los dislates constantes y sostenidos que en el tiempo han golpeado a los argentinos, a excepción claro de los momentos en los que el agua les pudo llegar al cuello, como parece ocurrir una vez más en este tiempo de encrucijada para todos.

Un día antes del cierre del coloquio, el favorito a ganar la presidencia, Javier Milei, había fustigado a IDEA, a sus organizadores y a quienes le dan vida año tras año, en esa suerte de contra cumbre que le organizó su amigo Juan Nápoli, del Banco de Valores y candidato a senador por su espacio: “No fui a IDEA porque no me trata bien”.

Esto del fin de ciclo que muchos ciudadanos han interpretado como irreversible durante este largo y también angustiante proceso electoral ha prendido en la fuerza y poder económico del país, con el adicional del miedo. Miedo al rompimiento del estatus quo y del modelo en el que se ha sostenido casi siempre a lo largo del tiempo esa relación controversial entre el poder político y el económico, en general.

El cambio de reglas, que podría operar como una patada al hormiguero y que sugiere Milei, no sólo desconcierta a la mayoría, sino que la llena de intriga y miedo a lo desconocido, como el salir a pescar, para muchos, fuera de la pecera; o cazar, si se quiere, a campo traviesa, o en la selva, pero lejos del zoológico.

Por supuesto que una parte de la política también se ha sumido en ese estado de cierto estupor que la sociedad, o buena parte de ella ya lo tiene procesado y bien resuelto: Milei, más que la solución, se ha presentado como el síntoma de un estado de situación en donde prima el convencimiento de que peor no se puede estar y que tampoco se puede esperar nada de lo tradicionalmente convenido.

Una pregunta sobrevuela ciertos ámbitos de poder: ¿se puede frenar el tsunami antisistema que se le avecina a la Argentina? Nadie sabe a ciencia cierta lo que ocurrirá finalmente dentro de dos semanas, en una de las elecciones con mayor carga de intriga y adrenalina en varios años, ya no tanto por el resultado, sino por lo que sobrevendría más adelante, e inmediatamente según el resultado.

Pero sí hay algo tangible y que pocos podrían desconocer: se trata de las razones que han conducido a conformar ese clima de angustia, que explican en cierta manera ese reclamo de un nunca más a los métodos de conducción del país y de sus políticas aplicadas, las que han llevado claramente a un estado de situación de colapso.

El temor del poder, en concreto de parte del político y del económico frente a lo desconocido, es razonable. Pero si existiese una mínima luz para corregir un nuevo rumbo que en verdad podrían conducir a estadios inimaginables y desconocidos, debería comenzar a establecerse desde un profundo y convincente reconocimiento de los males y miserias que se alimentaron para llegar al punto ciego de la actualidad.

La corrupción sistémica, la obscenidad manifiesta de algunos de los métodos para ejercitar y ejecutar la política –no de todos claramente pero sí de la mayoría–, el financiamiento de la propia política, todo alimentado por la impunidad y el siga siga permanente, han sido parte de la culpa del estado de descomposición.

La connivencia entre el poder económico y el político, en gran medida, explican el miedo que ha comenzado a hacerse visible en el establishment; un miedo que no es lineal en otros sectores, sino que puede traducirse en una posible rareza, extraña, como una suerte de excitación fascinante frente al que se pudra todo si se tiene que pudrir.

Algo de todo eso viene pidiendo, casi con desesperación, el oficialismo mendocino que seguirá al frente de la provincia por los próximos cuatro años. Como el reflejar las debilidades del líder de La Libertad Avanza, el que llegará sin volumen político en caso de acceder a la presidencia, más una apelación a un milagro para que el debate de este domingo dé vuelta un estado de situación que claramente no está de su lado.