Es muy probable que cuando pase el tiempo, los cientistas sociales, publicistas y los creativos propagandísticos de la política y de las campañas electorales se vuelquen con detenimiento y tranquilidad a la identificación de los mojones, de los hitos, de los hechos concretos y motivos especiales que marcaron el impactante éxito alcanzado por Javier Milei para instalarse como favorito a ganar la presidencia de la Argentina.
Por supuesto que la vigencia de su trascendencia, globalizada e internacionalizada, dependerá claro está de la suerte que lo acompañe el domingo. De ganar y pasar al ballotage –y ni hablar de un triunfo contundente en primera vuelta–, su nombre, su experiencia y su conquista de la Argentina, pasará a ser motivo de estudio y de análisis como ya lo han sido exponentes de otros casos, pero originados en países con mayor gravitación y peso que el nuestro. Allí están los casos recientes de Donald Trump y de Jair Bolsonaro, como ejemplo, en los Estados Unidos y Brasil respectivamente. Aunque a diferencia del libertario argentino y exponente de la derecha extrema, tanto Trump como Bolsonaro sostuvieron su ascenso desde una rampa de lanzamiento con orígenes institucionales reconocidos como el partido republicano para uno de ellos y las fuerzas armadas, el ejército y una concejalía a la que accedió a fines de los 80 para el sudamericano.
Con sólo un par de años dedicados a pleno a la política, Milei puede llegar a la presidencia en un acontecimiento casi único e inédito. Su histrionismo, sus gritos, sus poses, sus ojos de mirada fulminante, su pelambre, sus excentricidades, más sus ideas, han hecho el resto.
La coyuntura política en la Argentina hacia el fin del mandato de Alberto Fernández, con ese rosario de fracasos y de yerros, más la insistencia en las medidas populistas que hicieron del peronismo un movimiento exitoso desde mediados de los 40 pero que llevaron al país hacia el precipicio en los últimos veinte años, sumado a un crecimiento sentimiento de profundo fracaso e impotencia social, pareció abrirle y presentarle en bandeja a los sectores de la oposición una ventana que los conduciría a un seguro éxito electoral. Y la sorpresa la ha dado Milei, con un golpe que parece ser definitivo –lo que está por verse, claro está– por sobre su rival directo en la misma franja opositora, la supuestamente poderosa Juntos por el Cambio, la que estaba llamada, no mucho tiempo atrás, a alcanzar un triunfo seguro el domingo 22 de octubre.
Pero la campaña de Milei no sólo, así lo indican algunas miradas, se ha visto beneficiada por los graves errores de cálculo cometidos por la sociedad del PRO, los radicales y la Coalición Cívica de Lilita Carrió. En apariencia los nuevos votantes, grupos de jóvenes que se asomaron a sus responsabilidades cívicas, tales como la obligación y derecho del voto, a la sombra de las insatisfacciones de sus padres acarreadas de generación en generación, es probable que hayan visto en Milei una vía de escape al sino trágico y traumático de sus progenitores. Todos, o la inmensa mayoría, interpreta que ha llegado el momento de una vuelta de página de verdad, un cambio profundo, nada camaleónico ni de camuflaje: pero la diferencia entre jóvenes y viejos es que para los primeros pueden existir, todavía, varias chances o posibilidades de yerros y equivocaciones; en tanto que quizás sus padres, o los más viejos entienden que tienen en sus manos, quizás, la última carta por jugar. A ese nivel de tensiones se puede estar dando el choque sobre ideas políticas que, en este caso coincide, además, con las visiones de generaciones distintas.
Gane o pierda, Milei consiguió que se hablase siempre de él y de las ideas más o menos disparatadas de su espacio; disparatadas, transgresoras, disruptivas y altamente provocadoras: el fin de la educación y la salud tal como la conocemos, garantizadas desde y por el Estado; la venta de órganos; la desregulación de la venta de armas; la polémica sobre la posibilidad de renunciar a la paternidad; el rompimiento de relaciones con el Vaticano, con China, con Brasil; la dolarización en sí misma sin más desde el día uno; la eliminación del Banco Central; el sálvese quien pueda y el asunto siempre tan sensible y de alto impacto como el del uso de la libertad sin más; la lucha contra la casta, desde la casta pero sin ser la casta pero acordando con uno de los líderes sindicales argentinos más rancios que haya dado la vida política del país, han sido sólo algunos de los temas que con extraordinario éxito logró instalar el libertario, cada día que pasó de la campaña electoral. Sus rivales, en concreto, bailaron su melodía cuándo, dónde y como él lo quiso.
Si hasta Guy Sorman, uno de los economistas y filósofos liberales más reconocidos del planeta le ha dedicado en la semana una columna publicada por el diario ABC: “Milei hace suyas las propuestas más radicales de mentores como Milton Friedman y Friedrich von Hayek, ambos populares en determinados círculos intelectuales y académicos argentinos. Propone el recurso sistemático del libre mercado, incluso la venta de órganos; una desconfianza absoluta hacia todo lo que dependa del Estado, y la supresión del Banco Central, al que acusa de ser el responsable de una inflación anual que ronda el cien por cien. En candidato plantea sustituir la moneda local por el dólar estadounidense”, dijo Sorman.
Pero luego, en una entrevista para el mismo diario y por el vínculo que lo une a la Argentina y al propio Milei, amplió: “Es terrible. El problema de Milei es que dice que es liberal. Fue mi alumno en Buenos Aires. En primer lugar, es un loco, y solo en segundo plano es liberal”. Pero no se quedó con eso. Agrego, además: “El problema es que, si es elegido, algo que es posible que ocurra, y todo sale mal –saldrá mal porque está totalmente loco–, la gente dirá: ‘De esto se trataba el liberalismo. Locos destruyendo aún más el país’”.
