Cuenta Fernando Savater que el paso del tiempo y la experiencia de lo vivido le fueron modificando aquella percepción particular que tenía del mundo y de la política en los años de la adolescencia, en los de los estudios universitarios y mucho más cuando España comenzaría a transitar la época del posfranquismo, hacia fines de los años 80. “Al acabar la dictadura, yo era un progre universitario de corte clásico (…), con todos los dogmas de bolsillo (…). No era el más tonto de la clase porque había cada elemento…, pero tampoco era capaz de ver a través del agua turbia… Ser de izquierdas era lo normal, lo recomendable”.
Tales confesiones del escritor español están contenidas en su libro Solo integral en el que, como él mismo lo sostiene y devela, logró internarse en un proceso de revisión de sus ideas a las que les dio “una vuelta de tuerca”. Siendo de izquierda y de haber militado en los extremos de tales idearios, Savater se convirtió en un serio y aguerrido crítico de los absolutismos, al punto que la visión de la derecha –con el paso del tiempo y de las diferentes circunstancias que se han vivido en España y en el mundo– en muchos asuntos lo terminó por convencer de un cierto y mayor grado de racionalidad de la diestra por sobre la siniestra.
El filósofo y también periodista devela allí que un amigo monje solía decirle que “la intransigencia es una forma de salud mental”, pero que, a la luz de lo que en los últimos años ha visto sobre la forma en la que se va desarrollando la discusión política en España, claramente, su amigo debió haber estado equivocado porque, a su modo de ver, “todos los extremismos son erróneos en lo teórico e indeseables en la práctica”. Más adelante, en el desarrollo de su teoría, comparte que los extremos “suelen basarse en un predominio del apasionamiento de la enemistad sobre la razón escéptica y tolerante (…). Además –adiciona– el extremismo es una planta espinosa que crece, por lo general con el abono de la ignorancia y el apresuramiento del juicio, lo que Flaubert llamaba ‘la necesidad de concluir’ y a la que atribuía gran parte de nuestros males”.
En ese libro, en el que compendia y revisa algunas de sus más comentadas columnas, que escribió a lo largo de los últimos años y de forma diaria para El País de Madrid, Savater nos sumerge, quizás sin quererlo ni mucho menos proponérselo, en las vicisitudes de la grieta argentina. Y, al margen de hacer una valoración personal sobre lo que son las expresiones de izquierda, como Podemos y de derecha, como Vox, para España, Savater concluye convencido de que, en España, la inmensa mayoría de los ciudadanos quiere vivir en democracia y que, si bien comulga ideológicamente, esa mayoría, con la izquierda o con la derecha, es intransigente con el cumplimiento de la ley, alejada de los extremos perniciosos. “Quien proponga saltarse la ley por el bien del país, sea de derechas o de izquierdas, es un enemigo inequívoco de la democracia. Y en este punto sí que me vuelvo extremista”, concluye.
Los extremos, además de estar dispuestos a saltarse las normas muchas veces sin empacho, a no cumplirlas y avasallarlas en nombre de una causa casi siempre alejada de los intereses comunes, también suelen perder el quicio y el sentido común. Lo podemos ver en el debate cotidiano que le da vida a la actividad política, en términos generales. Y cuando uno de los extremos ideológicos consigue imponerse, la tentación de pasar de ser un gobierno de todos –abarcando a la mayoría– a un régimen sectario –sirviendo a una minoría privilegiada en nombre de todos– está a la vuelta de la esquina.
La historia argentina ha estado plagada de episodios y de épocas en donde los extremos antagónicos han dividido a la sociedad y copado toda la escena. La grieta no ha sido, visto así, nada extraordinario ni siquiera algo fuera de lo común. Pero los últimos años, los comprendidos, quizás, desde el 2008 en adelante, hasta nuestros días, esa fractura ideológica entre kirchnerismo y antikirchnerismo ha resultado ser tan virulenta y está tan lejos de ser solucionada y superada, que no ha permitido encontrar siquiera una o dos ideas inteligentes sobre lo que más duele, la economía y todas sus consecuencias.
Y la grieta, hay que decirlo, según lo demuestran varios sondeos, está sólo instalada en algunos bolsones de la sociedad, pequeños, minoritarios, pero decididamente influyentes. Está en la clase política, claramente, y entre quienes tienen las herramientas para decidir el rumbo de las cosas, en quien gobierna y quien se le opone, claramente.
El país, digamos normal, el que pena y al que le duele el fracaso, está preocupado por cómo zafar de la inflación y del clima de confrontación permanente que, efectivamente, va sumiendo en la impotencia y la desesperanza. Ya que se está cerca del inicio de la época de seducción político-electoral, en la que el que se pruebe para llegar o para seguir hace gala de un menú asombroso de buenas intenciones y de buenos momentos por venir, cuando menos sería pertinente, si no es molestia, claro, un poco de decoro, de respeto y de vergüenza.
