El nuevo gobernador, el que al final de este domingo conozcamos su identidad, tendrá la misión de liderar un proceso de reconstrucción integral de la provincia que no se agota en la resucitación de su economía, desde ya. Por delante emerge, da la sensación que, con un tono y un humor de obligación, encontrar un mecanismo o un método a cumplir que le permita a la provincia recuperar el orgullo y la soberbia de otros tiempos para darle a su gente la confianza, seguridad y fortaleza con las que supo contar para convertir el desierto recostado sobre esta parte de Los Andes en una suerte de faro de todo el Oeste.

El faro es la guía y el que permite marcar un camino seguro. Mendoza no solo retrocedió con el paso de los años, sino que fue resignando a la vez el liderazgo que se había ganado por vocación, y a fuerza de logros y resultados exitosos de las políticas que fue aplicando como políticas de Estado.

La Mendoza que viene necesita un líder, no para estar al frente de un Estado mesiánico, pero sí uno que tenga la capacidad, la fortaleza, la decisión, la seguridad y la convicción suficiente de llevar adelante un modelo que pueda contener todo lo virtuoso que pueda reunirse entre los sectores que componen la vida en sociedad, detrás de beneficios colectivos que costará mucho alcanzar.

Hay una sensación, extendida, de que, así como se fue produciendo el retroceso de la provincia, también fue padeciendo la misma decrepitud en el nivel y capacidad de su dirigencia la que no ha estado a la altura de lo que necesitó; ni para frenar la decadencia y detenerla, ni mucho menos para llevar adelante las transformaciones, las reformas y los cambios que el sistema requiere. Puede que hayan estado las ideas. El exceso de diagnóstico realizado durante los últimos años fue mostrando, a la vez, algunos de los caminos alternativos que podían tomarse para evitar el colapso. Pero para llevar adelante semejante empresa, efectivamente faltó coraje y convicción, por sobre todo.

Los cuarenta años de democracia están demostrando, empezando por el país y a la provincia por supuesto, que no ha fallado el engranaje en el que nos movemos, el sistema. La democracia se ha consolidado y no ha sido ella la que no le ha permitido al ciudadano las realizaciones con las que se soñaba tantas décadas atrás, cuando en verdad se sufrían los desacuerdos, a tal punto de ser alcanzado el país por tantas y desgraciadas descomposiciones institucionales y rupturas del orden establecido por el totalitarismo sangriento de la dictadura. Y a cuarenta años de asegurada la democracia en el país mientras su situación económica, social y cultural se ha ido degradando, es común escuchar las críticas al sistema. 

No ha sido la democracia, sino la forma en la que se la ha administrado, quizás, el motivo o algunos de los fracasos y frustraciones que se padecen. Las formas y las particularidades en la administración, toleradas por una mayoría ciudadana silenciosa que hizo la vista gorda a ciertos abusos y vicios, como la demagogia, la prepotencia, el mesianismo claro que sí, nos han conducido a un presente dominado por la impotencia y la confusión. Un círculo vicioso que, además de tolerar las malas gestiones, sembró el miedo a los cambios y a los virajes transformadores.

Por eso, no está mal que como sociedad democrática que es, la misma se dé una oportunidad para un barajar y dar de nuevo, para dar una suerte de golpe en la mesa para salir de la mediocridad. 

Lo que viene no podrá solo, ni en la nación ni tampoco en la provincia. Y si bien ha existido, es evidente, un proceso de descomposición que afectó los sostenes de la buena política, que dividió y partió a la sociedad y que pareció condenarla a una suerte de ciénaga de la que no puede zafar, el gobernador que se elige tendrá cerca de tres meses para idear un mecanismo de convocatoria general para que nadie se sienta excluido ni con derecho a sacar los pies del plato. 

Y si bien la incertidumbre y la incógnita abundan para el 2024, también es cierto que Mendoza tendrá recursos y oportunidades a la mano para no desaprovechar, como recursos extra que compensan el endeudamiento y dos o tres emprendimientos económicos que podrían darle un impulso positivo. Y a la vez, demandará compromisos, sacrificios y apuestas, no sólo para la política y el nuevo gobierno el que tendrá la responsabilidad mayor, claramente. Pero junto con eso, lo que queda en pie de la fuerza productiva tampoco podrá escapar de lo que le toca. Si terminar de ordenar el Estado y hacer sacrificios en materia de ajustes se impone como un objetivo y tarea ineludible de la nueva administración, el sector privado tendrá que responder a la altura y en la misma línea. Si se viene un Estado obligado a sacarle el pie de encima y a facilitar las autopistas del crecimiento y el desarrollo, el privado no podrá mirar para otro lado. Todos arremangados, todos adentro y nadie distraído, ni mucho menos ido.